viernes, 6 de febrero de 2009

Raymundo Eugenio

“¿Ya pasaron todos?” grita mi padre mientras ve por el espejo retrovisor y frena abruptamente la camioneta que conduce. Yo voy sentado a su lado. Me toma por sorpresa su pregunta, su reacción súbita al volante. “¿Ya pasaron todos?” y esta vez el grito es casi una súplica. El miedo se apodera de mí. No comprendo por qué me regaña mi padre, no puedo contestar, el miedo seca mi voz. Mi padre da un salto fuera de la camioneta y corre en sentido contrario a la dirección en que avanzamos. Yo no he visto nada, pero puedo sentir que algo grave ha sucedido. ¿Fue mi culpa por no haber respondido a tiempo? Una nube. Una gran nube gris, espesa, densa, impenetrable. Quizá un mecanismo de defensa de la psique de un niño al que nunca se le ha revelado el concepto de la muerte. No hay curso preparatorio. No hay tiempo de explicaciones. La muerte se hace presente, irrumpe en mi vida y en la de mi familia, estalla en mi rostro y deja una nube que nubla los recuerdos posteriores a esta escena. La nube apenas se disipa. Estoy en casa de mi abuela paterna. Allí transcurre una espera larga, amarga. Tengo miedo de hacer preguntas. Por fin estoy en casa. Mi madre me abraza y me besa como no recuerdo que lo haya hecho nunca antes. Lo percibo como un momento dulce y cálido, pero no es perfecto. Mi madre llora mientras me abraza. Me besa nuevamente y me pregunta entre sollozos “¿viste todo?”. Afirmo con mi cabeza, y mi madre me abraza más fuerte. Pero estoy mintiendo. No he visto nada, ¿qué es lo que tendría que haber visto? Lo que sí puedo ver es la sala de mi casa transformada en una capilla. Hay mantos púrpuras cubriendo las paredes, velas, un gran crucifijo y… una caja. Algunos años después, aprenderé que a esa caja se le llama féretro. Esa tarde en casa hay un velorio. Un accidente se ha llevado la vida de mi hermano. Pero esa tarde no quiero -¿no puedo?- entender lo que ha pasado a pesar de que veo el dolor en la gente que me rodea y que ese dolor me contagia. Ese día amanecí con una gran ilusión y aunque a estas horas mi ilusión es un globo sin aire, no puedo olvidar el tema. Es mi cumpleaños. Hoy cumplo seis años. En casa hay mucha gente esta tarde, pero no están aquí por mi fiesta, lo puedo sentir. Aún así, terriblemente inoportuno -como lo puede ser un niño de seis años- pregunto por mi pastel. El tío Salvador, que para eso lleva ese nombre, rescata la situación. Compra un pastel para mi hermano Enrique y para mí, los dos cumpleañeros del día. Lo partimos en casa de la abuela materna, pero aquello no es una fiesta. Lo puedo palpar, lo puedo sentir, en mi mundo algo se ha roto, se ha roto para siempre. Ese día queda para mí repleto de interrogantes, de preguntas sin respuesta. Ese día mi vida queda marcada con un hierro candente. Como cuando se pierde una pierna o un brazo, el accidente deja algo cercenado dentro de mí. No hay terapia, no hay prótesis, ni rehabilitación. El suceso me deja emocionalmente lisiado -¿a cuántos más a mí alrededor?-. Tengo que caminar por el mundo tomándome de las cosas, de las personas, para no caer. Tambaleante, avanzo por la vida, aprendiendo a congelar la expresión de cualquier emoción, la mejor receta para no ser vulnerable. Con el paso del tiempo, aun siendo un niño, indago para intentar entender un poco más. Leo furtivamente álbumes familiares con recortes de periódico que hablan de un accidente. Veo las fotos de un largo cortejo fúnebre de niños y adultos en bicicleta. Voy armando un rompecabezas en mi mente de un suceso quizá demasiado obvio, demasiado crudo para que yo pueda o quiera entenderlo. Para que pueda aceptarlo. Los años pasan pero no curan mi discapacidad emocional. Soy un adulto, un padre de familia, pero la nube sigue ahí y no puedo evitar nuevos tropiezos. Eventualmente, inevitablemente, la vida te cobra factura por los sucesos no resueltos, por aquello que te persigue en el subconsciente. Y este no-consciente de mi ser me arrincona, me marea, intenta señalarme lo evidente. Han pasado demasiados años, he querido olvidar, he querido seguir mi vida sin entender, sin aceptar, pero al fin me doy cuenta de que ya es tiempo. Estoy harto; quiero tirar las muletas y correr. Es cierto, nunca me dieron las explicaciones que un niño necesitaba para intentar entender aquel suceso. Es cierto que todo pasó a mis espaldas, física y metafóricamente. Pero es tiempo. Es tiempo de dar la vuelta, girar y aclarar la escena completa. Es tiempo de dejar atrás esta nube gris que no me permite afrontar lo que tanto me lastimó. Hermano, apenas te recuerdo en vida pero tu muerte marcó la mía para siempre. Nunca me despedí de ti. Tengo esa gran deuda contigo. Nunca pude vivir un duelo… mi duelo por ti. No más, es tiempo. Te debo ese adiós y me lo debo a mí mismo. Después de muchos años de aquel accidente, estoy en tu tumba. Lloro por el hermano con el que se me permitió jugar, reír, correr, disfrutar por seis años. Un privilegio que hubiera deseado que durara muchos años más. Los recuerdos se agolpan en mi mente y lloro también por mí. Lo veo todo. Ahora lo entiendo, ahora lo enfrento, ahora lo acepto. Aliviado, te digo hasta pronto. Nos damos la mano, te sonrío, me sonríes. Quedamos en paz. Camino lentamente hacia la puerta del cementerio, no hay nube gris. Por el contrario, el sol cae sobre mí, me envuelve y me reconforta. Mientras busco la ruta hacia la salida pienso en voz alta "ya... ya vamos pasando todos, papá".

1 comentario:

  1. martín lópez calva24 de febrero de 2009, 11:05

    Hola, Pablo: Aunque no has hecho "público" tu blog tuve acceso a él por comentarios de Gaby y Mariana. Me ha gustado, conmovido, removido, dolido y reconfortado al mismo tiempo el texto de Raymundo Eugenio. Creo que es una excelente manera de irnos "despojando" de nuestros fantasmas existenciales, esos que por no saber, más que por no querer, los jefes hicieron imposible que manejáramos en la infancia y adolescencia. "Era por nuestro bien" y creo que lo creían sinceramente. Ahora nos toca a nosotros la tarea y esta despedida de Ray creo que a todos nos será muy conveniente y terapéutica. Me movió a escribir mi crónica "desde el nivel de cancha", es decir, desde otro ángulo tanto físico como vital en el que yo estaba esa tarde que cambió la vida de nuestra familia. Lo haré en otro espacio o enviando por correo porque no creo que quepa aquí. Gracias por haberlo escrito y compartido.

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