viernes, 17 de julio de 2015

Bibliomancia

Al ser humano le cuesta mucho trabajo vivir en la incertidumbre. La ansiedad de reconocer que estamos gobernados por el azar y las leyes de las probabilidades nos ha hecho buscar asideros para poder caminar por la vida sin derrumbarnos. No podemos vivir sin respuestas y sin claridad de lo que nos depara el futuro. No podemos vivir bajo un cielo vacío, dijo el sociólogo Serge Moscovici. Al oráculo de Delfos se acudía en busca de respuestas sin reparar que la respuesta a todas estaba grabada en piedra justo a la entrada del oráculo: “Conócete a ti mismo”. Vamos a lo largo de los siglos en busca de respuestas trascendentes a nuestras preguntas –muchas veces intrascendentes- y es así como el ser humano ha ido creando juegos adivinatorios.
Recientemente descubrí una forma más de las muchas suertes adivinatorias que ha inventado el ser humano. Se llama Bibliomancia y consiste en buscar las respuestas a nuestras preguntas en los libros. Uno va a su libro de confianza, que hace las veces de oráculo, y abre el libro en una página al azar. En el primer párrafo que encuentra está la frase que contiene la respuesta a la pregunta que nos aqueja. Se recomienda que el libro-oráculo sea uno que prometa, un libro voluminoso, “que tenga de dónde agarrarse” diría el clásico.  El poeta Luis Miguel Aguilar escribió hace poco que, en su caso, la bibliomancia ha tornado en Titomancia porque su oráculo es un libro con las obras de Augusto Monterroso, a quienes sus amigos llamaban Tito. Y confiesa que, con frecuencia, la respuesta a su pregunta suele ser: “Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo”.
No he tenido tiempo para buscar y encontrar mi libro-oráculo ideal. Tengo en mente algunos libros que podrían servir. Por ejemplo, he pensado en el monumental Quijote de Miguel de Cervantes. También he considerado la obra poética y ensayística de Octavio Paz, o quizá la de Gonzalo Rojas, que tanto me gusta. Recientemente hice un primer experimento con el libro que tenía a la mano, El libro vacío, de Josefina Vicens, y el resultado fue el siguiente:

“Y así, deseando que pase el tiempo para que pasen también los problemas diarios que nos agobian, nos encontramos un día con que ha pasado nuestro tiempo. Y que al margen ha quedado, intactos, sin edad, nuestra buhardilla en París, nuestro libro famoso, nuestro barco en plena tempestad, nuestra proeza en el campo de batalla…, nuestro nombre”.

Me dije que el primer intento no podría ser muy exitoso de modo que cerré el libro y lo abrí en otra página. En el primer párrafo mi oráculo me decía:

“Somos unos mediocres. No pudimos evitarlos o no tuvimos con qué evitarlo. No fuimos dotados con los elementos o los talentos que no pueden frustrarse. Los nuestros, mínimos, comunes, se hundieron en el tiempo y no serán notados ni comentados jamás”.

Si quiero seguir en la bibliomancia tengo que ir a Puebla por mi edición del Quijote. Es eso o resignarme -como el poeta Luis Miguel Aguilar- a no regalar mis textos y mejor destruirlos yo mismo.  

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