martes 26 de abril de 2011
Una casa para siempre
Me quedan pocas certezas en la vida. Una de estas es que escribo poco y escribo mal. Afortunadamente esta certeza la descubrí mientras leía y releía a grandes autores, de modo que este descubrimiento ha estado acompañado por algo bastante más gratificante que la mera desilusión. La recompensa que han traído los libros a mi vida ha sido inmensa y he perdido más de lo que he ganado. He perdido mi rostro. Aquel que veo a diario en el espejo ya no es el mío. He perdido mi voz. No reconozco el sonido, el fino hilo apenas audible que sale de mi boca. Tal y como le ocurre al viejo Borges cuando quiere escandir versos de Swinburne, mi voz ya no es mi voz. He perdido parte de mi vista y no reconozco a la mayoría de mis amigos. En reciprocidad, ellos ya no reconocen a este ser extraño en que me he convertido. He perdido, al menos en parte, la razón. He perdido el miedo a vivir bajo un cielo vacío. He ganado una casa para siempre.
Etiquetas:
Biografía,
Literatura
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada